EL CUENTACUENTOS
Un sabio que servía a un conde, le habló un día del perjuicio de hacer caso a la gente en todo lo que decían, y le contó así:
Había en un pueblo un comerciante que, ya anciano, enseñaba a su hijo el oficio. Como tenían que viajar a una ciudad que estaba lejos decidió el padre llevar algunas alforjas que montaron sobre su única posesión de valor: un pollino algo flacucho.
Era el hijo un muchacho que siempre prestaba oído a todos los comentarios de la gente.
Sucedió que el camino del viaje era muy transitado, y padre e hijo andaban junto al burro. Como el joven oyó decir a unas personas que estos dos parecían desaprovechar el animal, dijo a su padre:
- Algo hemos de hacer.
Decidió el padre llevarle la corriente al hijo por una vez y para escarmentarle.
- Sube tú.
Poco llevaban andando cuando otro grupo de gente se cruzó en su camino. Y el hijo escuchó decir:
- Mira eso: el joven y fuerte a lomos, mientras el anciano se ve obligado a caminar.
El padre los oyó hablar así e inmediatamente hizo lo que su hijo propuso, subiendo al burro mientras que su hijo caminó al lado.
A mitad del camino, dos mujeres se encontraron con ellos y una dijo a la otra:
- Pobre muchacho, andando va cuando podía ir a lomos del animal.
Y, tras mucho discutir, padre e hijo decidieron subir ambos sobre el flaco pollino. No bien hubieran hecho esto, un nutrido grupo de labradores mostraron su compasión por el bicho:
- Está llevando una carga que no es para él. –murmuraban.
Nuevamente discutieron ambos sobre lo que debían hacer, y el anciano, harto ya le habló de esta forma a su hijo:
- Te he venido haciendo caso todo el trayecto. Ya ves que nada les parece bien a estas gentes y hemos perdido tiempo con tantas discusiones.
Se dio cuenta entonces el joven que no podía hacer caso de todo lo que los demás decían y dejó de protestar accediendo a lo que su padre le propuso, y no tuvieron mayor percance en el viaje.
Había en un pueblo un comerciante que, ya anciano, enseñaba a su hijo el oficio. Como tenían que viajar a una ciudad que estaba lejos decidió el padre llevar algunas alforjas que montaron sobre su única posesión de valor: un pollino algo flacucho.
Era el hijo un muchacho que siempre prestaba oído a todos los comentarios de la gente.
Sucedió que el camino del viaje era muy transitado, y padre e hijo andaban junto al burro. Como el joven oyó decir a unas personas que estos dos parecían desaprovechar el animal, dijo a su padre:
- Algo hemos de hacer.
Decidió el padre llevarle la corriente al hijo por una vez y para escarmentarle.
- Sube tú.
Poco llevaban andando cuando otro grupo de gente se cruzó en su camino. Y el hijo escuchó decir:
- Mira eso: el joven y fuerte a lomos, mientras el anciano se ve obligado a caminar.
El padre los oyó hablar así e inmediatamente hizo lo que su hijo propuso, subiendo al burro mientras que su hijo caminó al lado.
A mitad del camino, dos mujeres se encontraron con ellos y una dijo a la otra:
- Pobre muchacho, andando va cuando podía ir a lomos del animal.
Y, tras mucho discutir, padre e hijo decidieron subir ambos sobre el flaco pollino. No bien hubieran hecho esto, un nutrido grupo de labradores mostraron su compasión por el bicho:
- Está llevando una carga que no es para él. –murmuraban.
Nuevamente discutieron ambos sobre lo que debían hacer, y el anciano, harto ya le habló de esta forma a su hijo:
- Te he venido haciendo caso todo el trayecto. Ya ves que nada les parece bien a estas gentes y hemos perdido tiempo con tantas discusiones.
Se dio cuenta entonces el joven que no podía hacer caso de todo lo que los demás decían y dejó de protestar accediendo a lo que su padre le propuso, y no tuvieron mayor percance en el viaje.

2 comentarios:
Este cuento es una adaptación del original.
ya he captado.
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